TESTIMONIOS DE TORTURAS EN LA DICTADURA ESTALINISTA DE COREA DEL NORTE

La existencia de campos de concentración en Corea del Norte está largamente confirmada. Los campos están ubicados en áreas montañosas remotas y desoladas, como manera de asegurar el aislamiento casi absoluto de los detenidos. Cada uno es una especie de ciudad cerrada y se conocen seis. Según Amnistía Internacional y otras organizaciones, habría unas 200.000 personas encerradas en ellos. Las personas enviadas a los campos incluyen a los que han criticado al gobierno; a funcionarios y cargos políticos que no han hecho su trabajo como quería el gobierno; a quienes han entrado en contacto con gente de Corea del Sur o de otros países extranjeros; a los que pertenecen a grupos anti-gobierno; a los que fueron apresados escuchando la radio de otro país y, finalmente, a los capturados cuando pretendían huir. 

Existen dos tipos de campos. Unos están en las llamadas Zonas de Control Total, en donde permanecen aquellos que han cometido crímenes serios, incluyendo crímenes contra el gobierno. Jamás son liberados. Otros están en las llamadas Zonas Revolucionarias, destinadas a los que han cometido crímenes menos serios, incluyendo el ser críticos del gobierno o haber cruzado ilegalmente la frontera. Las sentencias pueden ir desde algunos meses hasta diez años, aunque muchos mueren antes del fin de la condena. Muchos están detenidos por ser por ser parientes directos de gente que ha sido encontrada culpable. Esto explica que muchos niños puedan ser internados en los campos porque sus abuelos o padres fueron detenidos. 

Cuando es arrestado, el detenido es sometido a torturas para que confiese, antes de ser enviado al campo. Luego, al llegar al campo, se le entrega un pico y una pala, utensilios simples de cocina, y ropa usada. A los internos se les impide todo contacto con el mundo externo; a partir de su ingreso es una “no-persona”; nadie preguntará por él, ni sus familiares ni amigos. A todos se les da una muy baja ración de comida y se los hace trabajar hasta el agotamiento. El objetivo es que los prisioneros estén siempre al borde de la muerte por hambre. De ahí que estén forzados a ingerir comida de animales, ratas, serpientes, raíces o pasto. Pero si son sorprendidos por los guardias, son duramente castigados. Así, en poco tiempo, se transforman en esqueletos vivientes. Se estima que un 40% muere por malnutrición.

Las condiciones climáticas agravan los sufrimientos. En el campo de Yodok, las temperaturas invernales llegan a 20 o 30 grados bajo cero. Las condiciones sanitarias son inhumanas. Por ejemplo, hay un baño cada 200 personas. No existe acceso a medicinas y las mujeres sufren abortos forzados. Se sabe de bebés recién nacidos que han sido golpeados hasta la muerte.

Los internos que se consideran “problemáticos” son arrojados a celdas en las cuales es imposible estar parado o acostado. El período mínimo en esas celdas es una semana. Se practica una tortura que consiste en poner una bolsa de plástico en la cabeza y sumergir a la víctima en agua durante un período de tiempo prolongado. Los prisioneros son golpeados con sus manos y pies atados por detrás de ellos, y sus cuerpos se ahorcan cuando se levantan del suelo. También son colgados con los brazos atados durante períodos de media hora, hasta cinco veces por día. Otras formas de tortura incluyen no dejar dormir; y colocar pedazos de bambú afilados debajo de las uñas. Asimismo se realizan ejecuciones públicas a la vista de los prisioneros. Las ejecuciones son por fusilamiento o colgamiento. Todo ex prisionero que ha sido entrevistado dice haber asistido al menos a una. Hijos e hijas son ejecutados públicamente en frente de sus madres. El número de ejecuciones públicas se ha incrementado fuertemente en los últimos años. Se sabe que en 2010 al menos 60 personas fueron ejecutadas.


ALGUNOS TESTIMONIOS

Uno de los más impactantes es el de Shin Dong-hyuk. Shin nació y pasó 23 años en Kwanliso 14. Lo detuvieron después de que su madre y hermano fueran capturados tratando de escapar. Los interrogadores querían saber si conocía, o había participado, en los planes de escape de su madre y hermano. Shin tenía 13 años de edad en ese momento. El día de su detención fue llamado a presentarse en la escuela. Allí fue esposado, le taparon los ojos y lo condujeron en un auto a un lugar desconocido, donde se le informó que su madre y hermano habían sido detenidos esa mañana tratando de escapar. Se le pidió que admitiera la complicidad de la familia, fue conducido a la cámara de tortura bajo tierra de Kwanliso 14, y alojado en la celda Nº 7, un cuarto pequeño y oscuro, con solo una poca luz eléctrica. Al día siguiente lo llevaron a un cuarto lleno de elementos de tortura. Allí fue desvestido, atado de pies y manos, y colgado del techo. Uno de los interrogadores le dijo que confesara. Shin alegó inocencia. Lo quemaron con carbón encendido. El dolor le hizo perder el conocimiento. Cuando se despertó, estaba en la celda, y apestaba debido a las heces y orina. Encontró heridas y sangre en el abdomen bajo. A medida que pasaron los días, creció el dolor y la piel comenzó a caerse. Olía tan mal que los guardias evitaban la celda. Su padre también fue torturado. Después de ser torturados durante siete meses, su padre y él fueron llevados a una plaza donde presenciaron, junto a una multitud, la ejecución de su madre y hermano. La madre fue colgada, y el hermano fusilado. Shin más tarde pudo escapar del campo. Escapó gateando por encima del cadáver de un amigo, que había hallado la muerte en el cerco electrificado del campo. Vio por primera vez el mundo exterior a los 25 años. El padre de Shin está preso desde 1965, y muchos creen que pudo haber sido fusilado después de la escapada de su hijo.

Un caso registrado por Amnistía Internacional es el de Choi Kwang-ho que fue enviado a Kwanliso 15 por decir que no podía seguir viviendo en Corea del Norte. Fue ejecutado públicamente porque, acosado por el hambre, abandonó su grupo de trabajo para juntar bayas el 18 de agosto de 2001. Otros eran ejecutados por sus creencias religiosas, como Dong Chul-mee, de 24 años.

Un guardia de prisión relató a Amnistía Internacional que los prisioneros cazan ratas o serpientes, y que incluso encontró a algunos alimentándose de comida de cerdos. Otro interno, Shin Dong-hyuk, contó: “Un día de suerte, descubrí algunas médulas de granos en una pequeña pila de estiércol de vaca. Las levanté, y las limpié con mi manga antes de comerlas”.

Park In-shik, un detenido en Kwanliso 15, fue sorprendido comiendo miel de una colmena en febrero de 2003. Fue enviado a encierro solitario con una reducción de comida. Murió por falta de alimentación. Tenía 38 años y había sido enviado a Kwanliso 15 por haber criticado el atraso del país estando borracho.

Un ex detenido en Yodoko cuenta que durante los años de detención nunca pudieron tomar una ducha. Los cuerpos apestaban, estaban cubiertos de piojos lo que provocaba mucha picazón. Con el tiempo la piel de los internos estaba cubierta por una gruesa capa de suciedad; pero no se daban cuenta de que apestaban, porque todos olían mal. En el verano, ocasionalmente, cuando trabajaban junto al arroyo, los guardias los dejaban rociarse con agua del río porque no podían soportar el olor de los internos. Después de la liberación, le llevó meses remover la gruesa capa de suciedad y sacar los piojos.

Lee-Yong, otro ex detenido en Yodoko, dio testimonio de haber sido torturado. Una de las torturas consistió en atarlo a una mesa y hacerle tomar agua a la fuerza con una pequeña cacerola. Enseguida su boca se llenó de agua y empezó a salir por la nariz. Sofocado, perdió el conocimiento. Luego de un tiempo inconsciente, cuando se recuperó, sintió que los interrogadores saltaban sobre una tabla que habían colocado sobre su estómago hinchado, para forzar la salida del agua. Comenzó a vomitar de manera incontrolable y penosa. No se pudo levantar y fue llevado de vuelta a su celda. Luego sufría de fiebre alta y se desmayaba a menudo. No fue capaz de caminar durante 15 días. En otra sesión de tortura, le ataron los brazos y fue colgado por media hora. Luego era bajado, y vuelto a colgar, así hasta cinco veces en el día. En ocasiones, ponían una bolsa de plástico en su cabeza y era sumergido en agua por períodos prolongados. Fue torturado durante cinco meses; no todos los días, pero con frecuencia. Cuando era torturado, lo era por todo el día. Al final, Lee confesó lo que querían que confesara.

Chul Hwan-kang fue el primero que pudo escapar, en 1992, de uno de los campos. Estuvo en Yoduk desde los 9 a los 19 años porque su abuelo había sido acusado de criticar al régimen. Kang dijo que los niños eran obligados a trabajos manuales muy duros que empezaban a las 6 de la mañana. Con diez años le mandaban levantar bolsas de tierra de 30 kilos, 30 veces al día. Si no se cumplían con el trabajo que les exigían, el castigo era una reducción de las raciones de comida. A la edad de 17 años medía 150 centímetros y pesaba 40 kilos. De hecho, su tamaño corporal era el característico de todos los niños detenidos. Las niñas no eran más altas de 145 centímetros; en realidad, no parecían niñas. Con diez años fue testigo de cómo un guardia golpeó, y luego mató de un tiro a un interno porque éste había recogido unas nueces sin permiso cuando estaba trabajando fuera del campo de concentración.

Fuente: elaboración propia a partir de diversas fuentes de internet, especialmente la ofrecida por la organización Amnistía Internacional.