LA VIDA EN EL GULAG DE STALIN

Las condiciones de vida en los campos del Gulag eran muy duras, un ejemplo fue el de PERM 36.

A las 6:00 se tocaba diana. Media hora más tarde los presos recibían un mínimo desayuno. A las 7:00 se pasaba lista, y a las 7:30 se iniciaba la marcha, siempre bajo escolta armada, hasta el lugar donde se encontraba el trabajo a realizar. Generalmente se tardaba entre una hora y hora y media en llegar. A veces entre la nieve, otras por pantanos o pedregales y no siempre con el calzado o la ropa adecuados.
El trabajo se prolongaba sin interrupción hasta las 6 de la tarde. No había descansos ni más comida hasta volver al campo. Cuando se daba la orden se recogían las herramientas y se emprendía la larga caminata de regreso.
A las 19:30 les daban la cena. A las 20:00 comenzaban las obligaciones laborales propias del campo -cortar leña, quitar nieve, reparar los caminos y cualquier desperfecto en las cabañas-. A las 23:00 se apagaban las luces y se exigía silencio. Así, día tras día. Año tras año.
Los prisioneros recibían su ración de comida -la paika- de acuerdo con la cantidad de trabajo que realizaban. Una ración completa apenas proporcionaba suficiente alimento para sobrevivir. Si un preso no cumplía con su cuota de trabajo diario, recibía incluso una cantidad menor. Si no lo hacía con frecuencia, se le dejaba morir lentamente de hambre. Los denominados "dokhodiaga" -deshauciados- eran prisioneros muy demacrados, al borde de la muerte por inanición. Su presencia recordaba constantemente a los prisioneros cual sería su destino si no podían cumplir con las normas de trabajo y se les quitaba sus raciones.
Antes de la década de 1950, los campamentos no proporcionaron platos. Los presos comían en pequeños botes fabricados artesanalmente en los talleres a partir de piezas de hojalata o trozos de bidones de queroseno. Se utilizaban como moneda de cambio para obtener alimentos. Tampoco disponían de cucharas, que consideraban un lujo en las décadas de 1930 y 1940. La mayoría de los internos tenía que comer con las manos sucias y coger así la sopa de las ollas.


En el área del Kolimá (zona nororiental de Siberia) la vida en los campos estaba al límite de supervivencia. La corporación Dalstroy, dependiente del NKVD, controlaba toda la red de centros de reclusión que se dispersaban por la zona, uno de los territorios con clima más extremo de la tierra.


Cuando desembarcaron los primeros 11.000 primeros prisioneros -criminales y los consabidos kulaks-, se encargaron de construir un puerto en el mar de Ojotsk, Magadan, que sirviera como base para hacer llegar los suministros esenciales y permitir la salida de la vasta producción. Una vez terminado, comenzaron la carretera hacia el interior, la que lo comunicara con las codiciadas minas y facilitara el movimiento de tropas y materiales. Quinientos kilómetros por un monótono territorio de picos marrones o blancos, erosionados por el viento. Apenas iluminado por un sol que, tras cubrir poco más de una cuarta parte del cielo, corría a ocultarse de nuevo.
La obra suponía realizar extenuantes trabajos manuales en un clima extremo, bajo condiciones infrahumanas, que no tardaron en destruir el lodo y las heladas. Fueron necesarias 80 pesadas vigas de madera para consolidar cada uno de esos kilómetros iniciales. Las primeras nevadas del invierno de 1932, uno de los más crueles que se recordaban, con un promedio de temperaturas que iba de los -70 grados centígrados a -60 grados, encontraron a los presos alojados en tiendas de campaña y chozas improvisadas con musgo y serrín. Las ventiscas causaron estragos sin cesar durante semanas. Campamentos enteros perecieron por las bajas temperaturas: presos, guardias. Hasta los perros. De miles de trabajadores, solo el 1% regresó a Magadan la primavera siguiente. Desde entonces, a causa de la enorme cantidad de presos que murieron durante los casi 20 años que tardó en terminarse, y de que sus restos óseos quedaran bajo el firme, pues era más sencillo dejarlos ahí que realizar nuevos agujeros para sepultarlos, la ruta se conocería como "La carretera de los huesos".
Claro, que ya hemos visto que la mano de obra no era un problema. Ni ahí, ni en las minas. Cuando la paranoia de Stalin arrasó el país, a los detenidos tradicionales los acompañaron presuntos saboteadores y contrarrevolucionarios de todas clases: funcionarios del partido, militares, científicos, médicos, maestros, artistas, escritores, oficinistas. Fuera cual fuera su origen, perecieron a miles en los túneles por derrumbes o accidentes, mientras extraían material; por escorbuto; por hipertensión; por los vapores del amoníaco; por silicosis, escupiendo sangre y tejidos pulmonares. En invierno, cuando las calderas de vapor fundían la arena aurífera con un calor extremo, los mismos presos y con la misma ropa que arrastraban los residuos al exterior, donde el termómetro caía por debajo de los cuarenta grados, entraban y salían una y otra vez, sin descanso, para acabar muriendo de neumonía o meningitis por el cambio brusco de temperatura.


Entre 1937 y 1939 el control de los campos del Kolimá estuvo en manos del coronel Stepan Garanin, caracterizado por su crueldad y sadismo.

Garanin se encargó también de establecer un reducido campo de castigo -lagpunkt, en ruso-, en el pequeño valle de Serpantinka. Se convirtió en uno de los notorios. Ubicado en las colinas al norte de Magadan, muy vigilado y rodeado de una valla de alambre de espinos, era aún más frío y oscuro que el resto.
Su nombre se equiparó con una sentencia de muerte. Uno de sus pocos supervivientes describió sus tres cabañas utilizadas como celdas "tan abarrotadas, que los prisioneros se turnaban para sentarse en el suelo mientras los demás se quedaban de pie". "Por la mañanas -contó también-, la puerta se abría y llamaban a 10 o 12 prisioneros. Nadie respondía. Los que se encontraban más próximos a la puerta eran arrastrados fuera por los guardias y fusilados para cumplir la cuota diaria".
Cerca de 26.000 prisioneros de mirada perdida, agotados ya para el trabajo, fueron ejecutados allí en 1938. Muchos, de la mano del propio Garanin, mientras dos tractores se mantenían con los motores a máxima potencia para sofocar los disparos y los gritos de los asesinados. Luego, los cuerpos eran arrastrados detrás de la colina en trineos tirados por los tractores. Si se veía que alguien seguía vivo al arrojarlo a la fosa común, o bien se le dejaba allí rodeado de cadáveres hasta que exhalara su último aliento, o se le remataba con un tiro de gracia para acabar con su agonía.
Poco más se conoce de Serpantinka. Incluso se sabe menos de otros lagpunkts de castigo como Iskitim o el complejo de Siblag, construido alrededor de una cantera de piedra caliza, en el que los prisioneros excavaban a mano, sin máquinas o equipos. Allí todos morían tarde o temprano por las enfermedades respiratorias que les producía el polvo.
En tres semanas, las minas arruinaban la salud de un hombre, y en unos meses lo mataban. Desesperados por escapar al hospital, los presos se inyectaban queroseno bajo la piel, se frotaban ácido en los párpados, se machacaban los dedos o intentaban simular locura. El poeta Anatoly Zigulin, que sobrevivió a los campos en los años cincuenta, describió mutilaciones brutales, accidentes, asesinatos entre los internos, huelgas desesperadas. Los prisioneros no tenían identidad, se les llamaba con un simple número.

Fragmentos extraídos de la obra de Miguel del Rey y Carlos Canales CAMPOS DE MUERTE. GEOGRAFÍA DEL MAL, editorial Edaf, 2016 (páginas 178-179/ 186-187/ 188-189)

PERSECUCIÓN DE HOMOSEXUALES DURANTE LA DICTADURA FRANQUISTA


M.C.D. es una mujer que no quiere decir su nombre. Tiene miedo de sufrir de nuevo discriminación y quiere pasar desapercibida. Vive en una ciudad pequeña donde todavía hay mucha homofobia. Actualmente comparte su vida con otra mujer, su pareja y tiene una vida estable. Pero en su juventud sufrió una experiencia traumática que nunca olvidará. 

Esta mujer ha aparecido recientemente en los medios de comunicación por ser la primera lesbiana que ha pedido al Estado una indemnización por los sufrimientos pasados durante la dictadura franquista en la que fue perseguida por su orientación sexual. Fue detenida con 16 años, puesta en libertad condicional y juzgada ya con 17 por ser lesbiana. Ella cuenta que “no se acuerda dónde estaba cuando la detuvieron. Vino un grupo de policías y ya está. He pasado toda mi vida intentando olvidarlo, superar la psicosis que aquello me produjo”. Tampoco sabe por qué lo hicieron. Si alguien la denunció o si su comportamiento levantó las sospechas de la policía. 

M.C.D. se emociona al recordar lo duro que era ser homosexual, lesbiana o transexual durante la dictadura franquista. Como ejemplo, recuerda que, de su círculo de amigos, al menos dos personas recibieron descargas eléctricas como forma de tratar su “desviación”. Y ellos no se llevaron la peor parte. Otros tres de sus amigos, un estudiante, un profesor de instituto y un bombero, se suicidaron porque no pudieron aguantar la presión a la que los sometieron la policía y los jueces. Cuando alguien era detenido y juzgado por homosexual quedaba señalado y era considerado, una vez fuera de la cárcel, una escoria, rechazado por todos, incluido su familia. La mayoría buscaba reconstruir su vida lejos de su ciudad, buscaban una ciudad grande donde no los conocieran y buscaban casarse para evitar sospechas. M.C.D. nunca lo hizo. Hoy vive con su pareja y ha dado este paso adelante no para conseguir dinero, sino un reconocimiento del sufrimiento pasado sin haber cometido ningún delito. 

La sentencia del juez la presentaba como un monstruo que o se rehabilitaba o sería necesario arruinar su vida. El juez la definía “como hija de una honrada familia que presenta una clara desviación homosexual teniendo relaciones impúdicas con otra joven a la que domina y atrae, además es una persona rebelde con sus familiares a los que desobedece y con los que se enfrenta cuando intentan corregirla y orientarla”. En una época en que la mujer estaba duramente discriminada y la mayoría de edad se alcanzaba con 21 años, esta chica menor de edad cometió varios delitos: ser lesbiana y enfrentarse con su padre y su familia, queriendo ser una mujer libre en una época en que las mujeres debía obedecer siempre a sus padres o maridos. Para el juez era un ser peligroso que había que escarmentar. 

A pesar de ser tan joven, fue condenada en 1971 a 4 meses de cárcel para ser “reeducada”. En la cárcel fue obligada a trabajar en labores de costura y otras tareas que se consideraban propias de mujeres. Ella nunca se rehabilitó porque nunca pensó que había hecho nada malo pero sufrió las consecuencias psicólogicas de todo lo ocurrido. Su familia la abandonó y tuvo que buscar su vida en otro lugar. Con la llegada de la democracia fue poco a poco mejorando la vida de las lesbianas pero así y todo, M.C.D. sigue viviendo con miedo al rechazo social y a la incomprensión. 

(Fuente: elaboración propia a partir de una noticia aparecida en el periódico El País) 


LEE EL TEXTO Y RESPONDE A ESTAS PREGUNTAS: 

1.¿Porqué fue detenida M.C.D.? 

2.¿Cuál es el motivo de que tras años de silencio, M.C.D. haya salido en los periódicos hace poco tiempo? 

3.¿Con qué edad fue detenida y juzgada? ¿A qué pena fue condenada? 

4.¿Qué le pasó a otros amigos suyos? 

5.¿A qué se dedicó en la cárcel? 

6.¿Cómo se comportó su familia antes y después de ser condenada? 

7.¿Sería posible que lo que ocurrió en 1971 en España pudiera producirse en la actualidad? ¿Por qué?

8.¿Qué opinas sobre la situación que vivió M.C.D.?

TESTIMONIOS DE TORTURAS EN LA DICTADURA ESTALINISTA DE COREA DEL NORTE

La existencia de campos de concentración en Corea del Norte está largamente confirmada. Los campos están ubicados en áreas montañosas remotas y desoladas, como manera de asegurar el aislamiento casi absoluto de los detenidos. Cada uno es una especie de ciudad cerrada y se conocen seis. Según Amnistía Internacional y otras organizaciones, habría unas 200.000 personas encerradas en ellos. Las personas enviadas a los campos incluyen a los que han criticado al gobierno; a funcionarios y cargos políticos que no han hecho su trabajo como quería el gobierno; a quienes han entrado en contacto con gente de Corea del Sur o de otros países extranjeros; a los que pertenecen a grupos anti-gobierno; a los que fueron apresados escuchando la radio de otro país y, finalmente, a los capturados cuando pretendían huir. 

Existen dos tipos de campos. Unos están en las llamadas Zonas de Control Total, en donde permanecen aquellos que han cometido crímenes serios, incluyendo crímenes contra el gobierno. Jamás son liberados. Otros están en las llamadas Zonas Revolucionarias, destinadas a los que han cometido crímenes menos serios, incluyendo el ser críticos del gobierno o haber cruzado ilegalmente la frontera. Las sentencias pueden ir desde algunos meses hasta diez años, aunque muchos mueren antes del fin de la condena. Muchos están detenidos por ser por ser parientes directos de gente que ha sido encontrada culpable. Esto explica que muchos niños puedan ser internados en los campos porque sus abuelos o padres fueron detenidos. 

Cuando es arrestado, el detenido es sometido a torturas para que confiese, antes de ser enviado al campo. Luego, al llegar al campo, se le entrega un pico y una pala, utensilios simples de cocina, y ropa usada. A los internos se les impide todo contacto con el mundo externo; a partir de su ingreso es una “no-persona”; nadie preguntará por él, ni sus familiares ni amigos. A todos se les da una muy baja ración de comida y se los hace trabajar hasta el agotamiento. El objetivo es que los prisioneros estén siempre al borde de la muerte por hambre. De ahí que estén forzados a ingerir comida de animales, ratas, serpientes, raíces o pasto. Pero si son sorprendidos por los guardias, son duramente castigados. Así, en poco tiempo, se transforman en esqueletos vivientes. Se estima que un 40% muere por malnutrición.

Las condiciones climáticas agravan los sufrimientos. En el campo de Yodok, las temperaturas invernales llegan a 20 o 30 grados bajo cero. Las condiciones sanitarias son inhumanas. Por ejemplo, hay un baño cada 200 personas. No existe acceso a medicinas y las mujeres sufren abortos forzados. Se sabe de bebés recién nacidos que han sido golpeados hasta la muerte.

Los internos que se consideran “problemáticos” son arrojados a celdas en las cuales es imposible estar parado o acostado. El período mínimo en esas celdas es una semana. Se practica una tortura que consiste en poner una bolsa de plástico en la cabeza y sumergir a la víctima en agua durante un período de tiempo prolongado. Los prisioneros son golpeados con sus manos y pies atados por detrás de ellos, y sus cuerpos se ahorcan cuando se levantan del suelo. También son colgados con los brazos atados durante períodos de media hora, hasta cinco veces por día. Otras formas de tortura incluyen no dejar dormir; y colocar pedazos de bambú afilados debajo de las uñas. Asimismo se realizan ejecuciones públicas a la vista de los prisioneros. Las ejecuciones son por fusilamiento o colgamiento. Todo ex prisionero que ha sido entrevistado dice haber asistido al menos a una. Hijos e hijas son ejecutados públicamente en frente de sus madres. El número de ejecuciones públicas se ha incrementado fuertemente en los últimos años. Se sabe que en 2010 al menos 60 personas fueron ejecutadas.


ALGUNOS TESTIMONIOS

Uno de los más impactantes es el de Shin Dong-hyuk. Shin nació y pasó 23 años en Kwanliso 14. Lo detuvieron después de que su madre y hermano fueran capturados tratando de escapar. Los interrogadores querían saber si conocía, o había participado, en los planes de escape de su madre y hermano. Shin tenía 13 años de edad en ese momento. El día de su detención fue llamado a presentarse en la escuela. Allí fue esposado, le taparon los ojos y lo condujeron en un auto a un lugar desconocido, donde se le informó que su madre y hermano habían sido detenidos esa mañana tratando de escapar. Se le pidió que admitiera la complicidad de la familia, fue conducido a la cámara de tortura bajo tierra de Kwanliso 14, y alojado en la celda Nº 7, un cuarto pequeño y oscuro, con solo una poca luz eléctrica. Al día siguiente lo llevaron a un cuarto lleno de elementos de tortura. Allí fue desvestido, atado de pies y manos, y colgado del techo. Uno de los interrogadores le dijo que confesara. Shin alegó inocencia. Lo quemaron con carbón encendido. El dolor le hizo perder el conocimiento. Cuando se despertó, estaba en la celda, y apestaba debido a las heces y orina. Encontró heridas y sangre en el abdomen bajo. A medida que pasaron los días, creció el dolor y la piel comenzó a caerse. Olía tan mal que los guardias evitaban la celda. Su padre también fue torturado. Después de ser torturados durante siete meses, su padre y él fueron llevados a una plaza donde presenciaron, junto a una multitud, la ejecución de su madre y hermano. La madre fue colgada, y el hermano fusilado. Shin más tarde pudo escapar del campo. Escapó gateando por encima del cadáver de un amigo, que había hallado la muerte en el cerco electrificado del campo. Vio por primera vez el mundo exterior a los 25 años. El padre de Shin está preso desde 1965, y muchos creen que pudo haber sido fusilado después de la escapada de su hijo.

Un caso registrado por Amnistía Internacional es el de Choi Kwang-ho que fue enviado a Kwanliso 15 por decir que no podía seguir viviendo en Corea del Norte. Fue ejecutado públicamente porque, acosado por el hambre, abandonó su grupo de trabajo para juntar bayas el 18 de agosto de 2001. Otros eran ejecutados por sus creencias religiosas, como Dong Chul-mee, de 24 años.

Un guardia de prisión relató a Amnistía Internacional que los prisioneros cazan ratas o serpientes, y que incluso encontró a algunos alimentándose de comida de cerdos. Otro interno, Shin Dong-hyuk, contó: “Un día de suerte, descubrí algunas médulas de granos en una pequeña pila de estiércol de vaca. Las levanté, y las limpié con mi manga antes de comerlas”.

Park In-shik, un detenido en Kwanliso 15, fue sorprendido comiendo miel de una colmena en febrero de 2003. Fue enviado a encierro solitario con una reducción de comida. Murió por falta de alimentación. Tenía 38 años y había sido enviado a Kwanliso 15 por haber criticado el atraso del país estando borracho.

Un ex detenido en Yodoko cuenta que durante los años de detención nunca pudieron tomar una ducha. Los cuerpos apestaban, estaban cubiertos de piojos lo que provocaba mucha picazón. Con el tiempo la piel de los internos estaba cubierta por una gruesa capa de suciedad; pero no se daban cuenta de que apestaban, porque todos olían mal. En el verano, ocasionalmente, cuando trabajaban junto al arroyo, los guardias los dejaban rociarse con agua del río porque no podían soportar el olor de los internos. Después de la liberación, le llevó meses remover la gruesa capa de suciedad y sacar los piojos.

Lee-Yong, otro ex detenido en Yodoko, dio testimonio de haber sido torturado. Una de las torturas consistió en atarlo a una mesa y hacerle tomar agua a la fuerza con una pequeña cacerola. Enseguida su boca se llenó de agua y empezó a salir por la nariz. Sofocado, perdió el conocimiento. Luego de un tiempo inconsciente, cuando se recuperó, sintió que los interrogadores saltaban sobre una tabla que habían colocado sobre su estómago hinchado, para forzar la salida del agua. Comenzó a vomitar de manera incontrolable y penosa. No se pudo levantar y fue llevado de vuelta a su celda. Luego sufría de fiebre alta y se desmayaba a menudo. No fue capaz de caminar durante 15 días. En otra sesión de tortura, le ataron los brazos y fue colgado por media hora. Luego era bajado, y vuelto a colgar, así hasta cinco veces en el día. En ocasiones, ponían una bolsa de plástico en su cabeza y era sumergido en agua por períodos prolongados. Fue torturado durante cinco meses; no todos los días, pero con frecuencia. Cuando era torturado, lo era por todo el día. Al final, Lee confesó lo que querían que confesara.

Chul Hwan-kang fue el primero que pudo escapar, en 1992, de uno de los campos. Estuvo en Yoduk desde los 9 a los 19 años porque su abuelo había sido acusado de criticar al régimen. Kang dijo que los niños eran obligados a trabajos manuales muy duros que empezaban a las 6 de la mañana. Con diez años le mandaban levantar bolsas de tierra de 30 kilos, 30 veces al día. Si no se cumplían con el trabajo que les exigían, el castigo era una reducción de las raciones de comida. A la edad de 17 años medía 150 centímetros y pesaba 40 kilos. De hecho, su tamaño corporal era el característico de todos los niños detenidos. Las niñas no eran más altas de 145 centímetros; en realidad, no parecían niñas. Con diez años fue testigo de cómo un guardia golpeó, y luego mató de un tiro a un interno porque éste había recogido unas nueces sin permiso cuando estaba trabajando fuera del campo de concentración.

Fuente: elaboración propia a partir de diversas fuentes de internet, especialmente la ofrecida por la organización Amnistía Internacional.


TESTIMONIOS DEL HOLOCAUSTO

Peter Josef Greenfeld-Klineman fue, junto con su hermana melliza Martha, uno de los conejillos de indias del médico alemán Yosef Mengele, que llevó a cabo terribles experimentos con mellizos y gemelos en el campo de Auschwitz. Tenía apenas cuatro años cuando tenía un año de edad. De su nombre recuerda que lo llamaban bajo el apodo de Pepichek. Pero que su verdadero nombre era Yosef Klineman que provenía de Checoslovaquia. Cuando llegó a Auschwitz-Birkenau le fue tatuado el número A-2459.
La memoria que tiene al llegar a Auschwitz-Birkenau es algo nebulosa, recuerda que debía haber sido verano pues hacía mucho calor. Recuerda que veía a su hermana a través de la verja con alambres de púas. Recuerda la barraca y  recuerda que su cama estaba en la parte baja. Recuerda los laboratorios, recuerda los innumerables experimentos, recuerda los delantales blancos del laboratorio. Recuerda el pánico cada vez que iba al laboratorio, preguntándose ¿ahora que me van hacer?, sin tener a su madre junto a él para que lo consuele. Recuerda que le dolía mucho la cabeza por las inyecciones que le daban y que le sacaron piel de la frente para hacer unas pruebas, recuerda que a veces no veía bien por las gotas que le ponían en los ojos.
"Recuerdo que apenas llegué a Auschwitz-Birkenau me separaron de mi madre y de mis dos hermanas. Estoy seguro que ya en el Theresienstadt, mi madre sabía dónde nos iban a llevar, pues siendo ella modista, nos vistió con ropa nueva que ella misma había cosido".
Recuerda al llegar a Auschwitz gritos en la rampa, recuerda que su hermana dos años mayor que él llevaba un vestido nuevo de color blanco con flores, y que tenía el pelo largo.
"Recuerdo cuando nos separaron, grité y pronuncié por última vez el nombre de Mamá...Mamá, ¿porqué nos abandonas, quien nos va a cuidar? Pero mi madre no pudo haber escuchado mis gritos, pues la gente también gritaba llamando a sus seres queridos y los alemanes a propósito ponían música con alto volumen para apagar los gritos".
"Ya en el primer día, siendo pequeño tuve que aprender mi nuevo nombre A-2459, mi nuevo domicilio: el número de la barraca en que me encontraba; todo en un idioma que para mí era completamente desconocido. Recuerdo que debía cuidar el pedazo de pan que recibía de desayuno, recuerdo que a veces me castigaban y que los niños más grandes se encargaban de cuidar que no me quedara sin pedazo de pan. Recuerdo que tomaba una sopa líquida de repollo, también recuerdo que siempre tenía hambre y lloraba mucho. Recuerdo la formación, no importaba si llovía o había mucho viento, y si por algún motivo se equivocaban en el conteo debíamos permanecer bajo el viento que nos golpeaba sin ninguna misericordia".
"Nueve meses permanecí en Auschwitz, hasta que llegó el día de nuestra liberación. La persona que me crió y me dio su nombre fue asesinado y yo fui cuidado por su hija en Rusia".
"Con los años me casé y tuve tres hermosos hijos. Vivo en Israel. Mi salud es pobre. Siento un nerviosismo constante que me dificulta comer, o relajarme. Tengo muchas úlceras. Tengo una ceguera en el ojo del lado donde me aplicaban las inyecciones, siendo joven perdí toda mi dentadura y vivo permanentemente buscando a mi hermana melliza, recuerdo haberla visto a través del alambrado de púa antes de la liberación. Su número tatuado en su brazo es el A-4931".
"Cuando me preguntan cómo puedo recordar lo que sucedió hace 64 años si era un niño pequeño yo les contesto que recuerdo y que quisiera que toda esa atrocidad pudiera olvidarla tan solo por una hora diaria, pero no puedo...".
(fuente: www.taringa.net)
-----------------------------------------------------------------------------------------------------
El profesor Robert Waitz recogió diversos testimonios de prisioneros de Auschwitz y define así el estado de "musulmán", término que los alemanes utilizaban para referirse a los presos deshauciados:
"El detenido, excesivamente cansado, subalimentado, insuficientemente protegido contra el frío, adelgazaba progresivamente quince, veinte y treinta kilos. El peso de un hombre normal bajaba 40 kilos. Podían observarse pesos de 30 y 28 kilos. El individuo consumía sus reservas de grasa, sus músculos, se descalcificaba. Se convertía, según el término clásico de los campos, en un musulmán (...).
El estado de musulmán se caracterizaba por la intensidad con que los músculos se derretían; no tenía literalmente más que la piel y el hueso. Se apreciaba claramente todo el esqueleto (...), avanzaba con lentitud, la mirada fija, sin expresión, a menudo ansiosa. Sus ideas, también, surgían muy lentamente. El desdichado no se lavaba, no cosía sus botones. Estaba atontado y lo recibía todo pasivamente. Ya no intentaba luchar. No ayudaba a nadie. Recogía la comida del suelo con su cuchara (...); buscaba en los cubos de basura pieles de patata, troncos de col, y se los comía crudos y sucios como estaban.
(fuente: León Poliakok: Auschwitz, Barcelona, Occidente, 1965)

TESTIMONIO DE JUAN MISUT, MILITANTE OBRERO DE BAENA (CÓRDOBA) EN LA II REPÚBLICA

Aquellos señores que se gastaban ochenta mil duros en comprarle un manto a la Virgen o una cruz a Jesús escatimaban a los obreros hasta el aceite de las comidas y preferían pagar cinco mil duros a un abogado antes que un real a los jornaleros, por no sentar precedente, que era tanto como "salirse con la suya". (...). En Baena hubo un señorito que metió el ganado en sus siembras por no pagar las bases a los segadores... Un cura que tenía labor, cuando venía al pueblo el zagal del cortijo a por el aceite, le hacía bollos al cántaro de hojalata, para que cupiese menos aceite... Con esta patronal teníamos que luchar para conseguir una pequeña mejora en la situación caótica de los trabajadores del campo. Ellos tenían el poder, la influencia (aun con la República) y el dinero; nosotros... sólo teníamos dos o tres mil jornaleros a nuestras espaldas, a los que teníamos que frenar... pues la desesperación de no poder dar de comer a sus hijos hace de los hombres fieras. Sabíamos que los patronos, bien protegidos por la fuerza pública, no lloraban porque hubiera víctimas, pues tenían funcionarios sobornados que cambiaban los papeles y hacían lo blanco negro. Además, lo deseaban, porque un escarmiento nunca está de más, para convencer a los rebeldes que es peligroso salirse del buen camino. Por eso, siempre evitábamos los choques con los servidores del orden... y aconsejábamos a los nuestros mesura y comedimiento. Y por eso, muchas veces, no aprobábamos los acuerdos de la Comarcal, porque sabíamos lo que teníamos en casa. En las pocas veces (dos o tres) que fui en comisión a discutir con la patronal, jamás se puso sobre el tapete otra cuestión que la salarial; no se hablaba nunca de la comida ni de las horas de trabajo, pues todo iba incluido en el Artículo "Usos y costumbres de la localidad", que no era otra cosa que trabajar a riñón partido de sol a sol, o ampliado por los capataces lameculos, desde que se veía hasta que no se veía. Recuerdo que en cierto debate acalorado que sostuvimos, un cacique me llamó "niñato recién salido del cascarón... y que si mi padre supiera lo tonto que era yo, no me echaba pienso". Aquello colmó mi paciencia y me levanté de la silla y le espeté muy serio: "Reconozco, señor, que en muchas ocasiones me habría comido, no el pienso, sino los picatostes que le echa usted a los perros, acción muy cristiana en una población donde se están muriendo de hambre los hijos de los trabajadores".

Extraído del trabajo del historiador Paul Preston El Holocausto Español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después, editorial Debate, Barcelona, 2011 (página 95).